Un oficio muy siniestro e incómodo. (Leyenda urbana)

“Vamos”, le dijo el ser de túnica negra. 

Ella dudó un instante, estaba absorta, no comprendía quien era ese extraño ser que le estiraba la mano y la llamaba, no comprendía donde estaban sus padres, su hermanita querida ni su perro. Se halló desamparada y perdida, se encontraba en un solitario pasillo muy iluminado que se disipaba en la blancura de una luz cegadora. 




Miró atrás, el pasillo se veía oscuro y las tinieblas le daban un ligero temor, se sintió atrapada y triste, se sentó desconsolada en el suelo, bajó la mirada y rompió en un suave llanto. 

El ser extraño pensó que tal vez la había asustado con su larga oz, así que en un artilugio de magia la hizo desaparecer. 

¿Y ahora qué?, se preguntó preocupado. Llevaba toda una eternidad cumpliendo su misión de llevar personas por aquel misterioso pasillo, y a pesar de eso no podía dejar de sentirse oprimido por la nostalgia de la niña, de pronto una idea lo iluminó de improviso, y en otro truco mágico hizo aparecer un muñeco de peluche parecido a un oso, pero con características distintas como si fuera un muñeco fabricado con retazos de distintos peluches viejos. 

Lo colocó en el suelo y este inició un gracioso baile donde cada tanto daba salticos de rana y luego hacía volteretas en el aire, la niña se fue dejando llevar poco a poco por la gracia de aquel pequeño engendro, y sin darse cuenta dejó de llorar para terminar riendo en estridentes carcajadas que dulcificaban el aire y enternecían al extraño ser de túnica negra, quien luego de un rato le dijo a ella que no tuviera miedo, que él no le haría daño, que solo estaba cumpliendo con su trabajo de conducir a los constantes transeúntes por aquel pasillo que los dirigía a un lugar de descanso.



“Podemos jugar en el camino”, dijo cuando termino su discurso. La niña no comprendió la explicación, pero empezó a sentir que todo estaba bien.


- ¿Cómo se llama?, preguntó señalando al pequeño peluche frankesteínico.
-No tiene nombre, dijo el ser de túnica, con una expresión dubitativa.


- Y ¿tú?, agregó la niña mientras lo miraba con verdadero interés.


-Muerte, así me llaman.


- ¿A dónde vamos?


El extraño ser pareció exasperarse, había recibido tantas veces esa misma pregunta y ya estaba cansado de responderla sin que lo comprendieran, sin que la gente tuviera miedo al escuchar la respuesta, pero ahora, ¿cómo se lo explicaría a una niña?


-Vamos a un lugar de descanso, ya te lo dije.


-Pero yo no estoy cansada, inquirió ella, mi mamá dice que nunca me canso de molestar, agregó.


El peluche bailarín se alejó un poco y la niña se levantó rauda del suelo, lo alcanzó, lo levantó y lo abrazó para sentir en su rostro esa suavidad de algodón.
-Es muy lindo. ¿Me lo puedo quedar?


-Pero si vienes conmigo, replico el ser de túnica, un poco aburrido.
- No estoy cansada.


- ¿Lo quieres o no?


Ella no estaba dispuesta a soltar su loco peluche, así que con una decidida confianza se agarró a la mano del extraño de túnica para caminar por el pasillo que cada tanto parecía alargarse más.


La niña dio unos pasos en silencio, hasta que no se aguantó y estalló en un cúmulo de preguntas que la embargaban:


¿Dónde están mis papás?, ¿por qué mi hermanita no viene también?, ¿pasamos a recoger a mordelón?, así se llama mi perro, ¿puedo llevarlo?, ¿puedo?, ¿puedo?, ¿por qué no hay nadie más en este pasillo?, ¿por qué está tan solo?, ¿tienes familia?, ¿dónde están tus papás?, ¿pasamos por el parque?, quiero helado, ¿me compras uno?, ¿qué sabor te gusta?, a mí me encanta de fresa, ¿por qué vistes de negro?, el rosado es más bonito, mi mamá dice que los que visten de negro son personas tristes, ¿estás triste?, te puedo regalar unas flores, mi papá siempre le lleva flores a mi mamá cuando se siente triste, aunque yo no le veo lo gracioso, pero ella se alegra y lo besa…
 

El ser extraño de túnica negra hizo aparecer nuevamente su larga oz imaginando que eso amedrentaría a la niña y así enmudecería, pero no, ella siguió disparándole una metralla de preguntas y continúo hablando como si hubiera regresado de un fantástico paseo, pero nunca le dio el tiempo para responder, estaba frenética, desaforada en una catarata de palabras y dudas que la abrumaban. 



El exhaló amargamente, bastante tenía con recorrer perpetuamente ese frio y melancólico pasillo sin descanso, porque siempre había alguien a quien llevar, no terminaba el recorrido con uno cuando ya había otro esperando ser guiado, y él ni siquiera podía tomarse un receso, ningún día, en ningún momento, y ahora esta niña que no se callaba, que le hacía preguntas que él jamás se había hecho y para las cuales no tenía una respuesta, porque él solo sabía que debía llevar transeúntes…solo eso.
 

¿Acaso no era suficiente tomarse el trabajo de explicarles a dónde iban?, tomarlos de la mano y percibir su miedo, sentir su desazón al recordar a sus seres queridos, ver sus rostros con esos ojos empañados y agobiados, y al final repetir esa misma sensación de que su trabajo era odiado, porque nadie quería caminar el pasillo al más allá. 



Y Ahora está niña que no paraba de cuestionarlo, de hablar de sus cosas como si a él le interesaran, circunstancias que ni el entendía, porque en el fondo él ni siquiera tenía un nombre y eso a nadie le importaba, “muerte” era un maldito apodo que le molestaba porque a nadie le gustaba escucharlo. 

Entonces no aguantó más, se detuvo y la detuvo de la mano, ella lo miró impasible mientras continuaba haciéndole preguntas, pero abrió desorbitados los ojos ante esa oz que se le vino encima…



La luz se fue desvaneciendo y tenuemente fueron apareciendo algunas formas que se definieron, en el techo brotó una brillante lampara, ella movió los ojos y vio un sinnúmero de equipos y maquinas que sonaban con suaves pitidos repetitivos, estiró su brazo y vio que de su mano salía algo que se conectaba a las maquinas, observó todo con mayor asombro para reconocer que estaba en un blanco cuarto de hospital, se esforzó para articular una palabra: “mamaaaa”, y una señora que estaba sentada en una silla a su lado, despertó sobresaltada, se le abalanzó, la abrazó, le murmuró varias palabras atropelladas y luego salió al pasillo gritando que había sucedido un milagro, que su hija había regresado del coma.


Créditos : ALEJANDRO HETFIEL
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